Una segunda oportunidad
En medio de una creciente tormenta mediática y judicial, la figura del joven pelotero dominicano Wander Franco, torpedero de los Tampa Bay Rays en las Grandes Ligas, se encuentra en el centro de la opinión pública tras nuevos señalamientos por parte del Ministerio Público de la República Dominicana.
Mientras aún enfrenta un proceso judicial en Puerto Plata por presunto abuso sexual a una menor de edad, ahora se suma una nueva acusación desde San Juan de la Maguana por alegado porte ilegal de un arma de fuego, lo cual, según reportes oficiales, habría ocurrido durante una disputa a finales del año pasado.
Estos señalamientos han empañado la prometedora carrera de un joven que, hasta hace poco, era considerado una de las grandes joyas del béisbol mundial.
Con apenas 23 años, Wander Franco llegó a las Grandes Ligas con la esperanza y el respaldo de una nación que vio en él a otro embajador del talento dominicano. Hoy, sin embargo, se encuentra ante un laberinto legal que amenaza con truncar no solo su carrera, sino también su vida personal.
No se trata de justificar ni de minimizar las graves acusaciones que enfrenta. La justicia debe seguir su curso con responsabilidad, y las víctimas —si las hay— merecen ser escuchadas y protegidas.
Pero también es justo recordar que Wander Franco, como cualquier ser humano, tiene derecho a la presunción de inocencia y, más aún, a una segunda oportunidad si así corresponde.
Franco es parte de una generación que ha crecido bajo los reflectores y la presión del éxito desde muy temprano. Muchos de estos jóvenes talentos se ven envueltos en entornos complejos, donde las decisiones impulsivas o la falta de orientación pueden costarles caro.
Este no es un llamado a la impunidad, sino a la reflexión: ¿cuántos jóvenes cometen errores sin contar con el acompañamiento adecuado? ¿Cuántos merecen ser redimidos antes de ser condenados al olvido?
La sociedad dominicana, apasionada del béisbol y orgullosa de sus atletas, debe dar ejemplo de humanidad y de capacidad para corregir sin destruir. La justicia hará su trabajo, pero el juicio social no debería ser una sentencia de por vida. Wander Franco necesita enfrentar sus responsabilidades, sí, pero también necesita orientación, apoyo psicológico, y un entorno que lo motive a reconstruir su vida desde el aprendizaje y el arrepentimiento, si así corresponde.
El deporte ha sido siempre un camino de redención para muchos. Que este caso no sea la excepción. Que podamos, como sociedad, acompañar el proceso judicial con respeto, pero también con la esperanza de que este joven, aún a tiempo, pueda corregir su rumbo.
Una segunda oportunidad no borra el pasado, pero puede abrir la puerta a un futuro distinto.



