Quiero ser como él
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Por: Misael Lachapel
Hace dos años le confesé a un amigo de amplia experiencia política que me gustaría aportar al municipio como regidor.
Él me respondió:
—Si quieres ser un regidor eficiente, trata de ser como él.
Le pregunté a quién debía parecerme, y me contestó:
—Déjame hablarte de esa persona, porque es demasiado grande para definirla en una sola frase.
Acto seguido, comenzó a narrarme parte del legado de ese gran referente ético.
El doctor Domingo Jiménez fue, es y será el máximo referente de lo que significa un regidor pulcro, honesto, conocedor de las leyes municipales y, sobre todo, un concejal firme en la defensa de los derechos de los munícipes.
Domingo Jiménez nunca se arrodilló ante ningún alcalde. Sus principios éticos en el ejercicio de sus funciones lo mantenían con la cabeza erguida y la mirada firme, como si llevara dentro de sí un compás que solo él sabía interpretar. Nada lo intimidaba.
Hoy este escrito no busca elogiar a ese gran personaje, porque no necesita de nuestros elogios; siempre estuvo por encima de todo eso. Solo quiero compartir lo que aquel veterano amigo me contó.
Con voz grave, pero llena de entusiasmo, continuó:
—En nuestra infancia, en la calle Francisco del Rosario Sánchez, donde el calor de la tarde se quedaba pegado a la piel y las radios dejaban escapar el merengue por las ventanas abiertas, lo recuerdo bailando, con apenas ocho años, descalzo sobre el asfalto tibio, al ritmo de «El tabaco es fuerte», de Johnny Ventura. Mientras tanto, jóvenes y adultos hacían una ronda a su alrededor y lo aplaudían, maravillados por la destreza de aquel niño que parecía saber, incluso entonces, que estaba destinado a algo distinto.
Su hermano Jorge, algunos años mayor que Domingo, era quien conquistaba a las muchachas más bellas del barrio. Pero Domingo, con apenas diez años, ya imponía una presencia diferente.
Era reconocido por sus amplios conocimientos de cultura general, superiores incluso a los de muchos adultos, y también por una valentía que parecía heredada de algún antepasado guerrero. No le temía a nadie.
Cuando llegó a ser regidor, esa misma valentía siguió acompañándolo. No temía perder privilegios ni enfrentarse a los alcaldes. Su voz se alzaba como un trueno en defensa de los trabajadores y de los mejores intereses del municipio, porque había nacido con la vocación del combate ético, la misma que algunos reciben como un don y que él llevó siempre como el escudo de un soldado espartano.
Mi viejo amigo hizo una pausa y, con evidente nostalgia, me dijo:
—Hubo una etapa de mi vida en la que quise ser regidor. Soñé con ocupar una regiduría en Santo Domingo Este y luché por convertir ese sueño en realidad, porque quería ser como él.
Por eso, en este día en que recordamos su memoria, en medio de una profunda crisis ética, no les pido a los regidores que sean como él, ni siquiera que se le parezcan. Solo les pido que deseen ser como él. Porque si en este municipio existiera un solo regidor con ese anhelo, tendríamos un mejor Santo Domingo Este.
La clave para construir una mejor ciudad está en que, aunque sea uno solo, desee seguir el ejemplo de Domingo Jiménez.
Sus palabras quedaron grabadas dentro de mí.
Ese día nos despedimos en silencio. Y hoy le digo a ese amigo que me contó la historia de Domingo Jiménez: si algún día tengo el honor de ser regidor, quisiera ser como él.



