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Por Ramón Peralta

Hay hombres que caminan dejando apenas huellas, como si temieran perturbar el polvo milenario del mundo, y, sin embargo, cuando uno vuelve la mirada, descubre que han levantado puentes donde antes solo había vacío. Así es Rafael Castillo.

Su nombre ha ido creciendo con los años, no como un grito, sino como esas presencias que se afirman en el ruido ensordecedor del silencio, como la marca de un carácter hecho de trabajo, disciplina y una generosidad que no distingue entre conocidos y extraños. Hay en él una forma de solidaridad similar a la que profesaban los viejos de antes, casi olvidada, que consiste en dar sin hacer ruido, como quien deja pan en la puerta ajena antes del amanecer.

Comenzó joven, cuando apenas despuntaba la adultez y ya cargaba con ideales que no le cabían en los bolsillos. En aquellos días, bajo la sombra de las enseñanzas de Juan Bosch, aprendió que la política podía ser también una forma de decencia. Desde entonces, la lealtad se le volvió costumbre, aunque a veces, como ocurre con los corazones nobles, esa fidelidad no siempre encontró espejo en los demás.

Dicen quienes lo conocen de cerca que Rafael tiene la rara inclinación de sostener a sus amigos incluso cuando estos no saben sostenerlo a él. Es un hombre que confía, quizá demasiado, como si se resistiera a aceptar que no todos llevan la misma luz por dentro.

Pero no todo en su historia está hecho de afectos. Hay también estudio, desvelo y una voluntad obstinada de comprender el mundo. Antes de aspirar a cargos, se armó de títulos y conocimientos, como quien se prepara para una batalla que no admite improvisaciones. Ingeniero, abogado y eterno estudiante, encontró en la seguridad social una causa que lo atravesó profundamente. Fue la imagen de los ancianos sin pensión ni seguro médico la que le dejó una herida que decidió convertir en propósito.

Hoy, mientras suma maestrías como quien colecciona herramientas para servir mejor, se ha vuelto una especie de guardián de los temas municipales, un hombre que conoce los engranajes invisibles de la ciudad como si fueran las líneas de su propia mano.

Sin embargo, su mayor paradoja habita en su carácter: una mezcla de humildad y timidez que, en el feroz teatro de la política, puede parecer casi un acto de rebeldía. Admira a Leonel Fernández, pero no disputa espacios en la tarima ni levanta la voz para acercarse al líder. Prefiere quedarse entre la gente, como si, al lado de la gente común —y no en las tarimas—, estuviera el verdadero pulso de las cosas. Y aunque en ese mundo los espacios se conquistan a sangre y fuego, él insiste en habitarlos con discreción.

En su casa, lejos del ruido público, es otro el reino que gobierna. Sus hijos lo miran como se mira a los héroes domésticos, esos que no salen en los libros, pero sostienen la vida cotidiana. Y su hija menor, con la autoridad dulce de sus trece años, ha aprendido a guiarlo con la firmeza de sus buenas notas, como si cada calificación por encima de 95 fuera una brújula secreta que orienta el corazón del padre.

Quienes trabajan a su lado murmuran, entre admiración y resignación, que su terquedad es legendaria. Cambiarle una idea es como intentar torcer el curso de un río; solo el tiempo y la reflexión en soledad logran modificar su cauce. Pero esa misma obstinación es la que le permite avanzar sin descanso hacia sus metas, con una paciencia que ya casi no pertenece a este tiempo.

Es un hombre de fe, de esos que han recorrido cada página de la Biblia como si en ella buscaran respuestas para las grietas del mundo. Y cuando habla, lo hace con la convicción de quien cree, no por costumbre, sino por elección.

Sabe de historia —la dominicana y la de toda América Latina— como si hubiera vivido varias vidas en otros siglos. Y tal vez por eso entiende que las obras verdaderas no se anuncian, se construyen. Cuando tuvo la oportunidad, levantó un hospital para los jubilados del fondo de la construcción, dejando tras de sí algo más duradero que cualquier discurso.

En el Congreso, su presencia es constante, casi ritual: estudia, lee, cuestiona. No vota a ciegas, porque sabe que cada decisión tiene el peso invisible de muchas vidas.

Ama el deporte con la misma pasión con la que asume sus causas, aunque carga con el pecado imperdonable de ser del Escogido en un país donde el azul del Licey es casi artículo de fe. Pero, a estas alturas, nadie espera que Rafael Castillo cambie de lealtades, ni en la política, ni en la vida, ni siquiera en el béisbol.

Su esposa, Denny Sánchez, lo nombra con la sencillez de quien no necesita adornos. Sin sonrojo y sin dudarlo, dice que es el mejor esposo del mundo. Y en esa frase, sin pretensiones, cabe todo lo que ningún discurso ha sabido decir.

Hay hombres que aspiran a cargos, y hay otros que se preparan para merecerlos. Rafael pertenece a los segundos. No anuncia sus pasos, pero los da con una firmeza que el tiempo termina por reconocer. Y si alguna vez decide ir más allá, será difícil encontrar en su camino la palabra derrota.

Hoy, 3 de mayo, en la fecha que lo vio nacer, quienes lo conocen no celebran solo los años, sino la manera en que los ha habitado: con fe, con entrega, con esa obstinada convicción de que el mundo todavía puede ser un lugar más justo.

Y en ese deseo tranquilo, casi como una oración, van también estas palabras: salud, paz, amor, éxito y una vida larga, de esas que dejan historia sin necesidad de escribirla.

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