7 de diciembre de 2022

Cerebros a la obra

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Una mirada crítica al proceso de digitalización

Escrito por: Laura Kelly

Navegando en redes sociales, algunos días me encuentro con personas estafadas con las boletas del concierto de Bad Bunny en Santo Domingo, aumento de la tensión en la Franja de Gaza o con las últimas encuestas publicadas a sólo días de la segunda vuelta electoral en Brasil.

No importa cuál sea nuestro interés, no hay dudas de que a través del internet podemos saber qué sucede en otra provincia o al otro lado del mundo.

Recientemente me topé con un artículo que detallaba los trabajos que se considera serán los mejores pagados en el futuro, entre estos el dominio de la inteligencia artificial, ingeniería de datos, biotecnología, desarrollo de software, consejeros de salud mental y pensamiento crítico y analítico.

A medida que iba leyendo la lista confirmaba la importancia de cada una de estas habilidades para seguir prolongando los avances tecnológicos, pero al llegar a la última no pude evitar preguntarme, ¿el pensamiento crítico nace o se hace?

Me respondí al instante. ¡El pensamiento crítico se hace! Es una habilidad que se consigue a través de muchos tropezones, seamos los protagonistas de ellos o espectadores, estos te ejercitan para tomar decisiones correctas ante diversas situaciones. Por esto aseguro que, el pensamiento crítico y analítico no es menor que la capacidad de poder desarrollar un software. Incluso, me atrevo a decir que los grandes logros del ser humano son producto del pensamiento crítico y la capacidad de evaluar, inferir, tener autocontrol y dar respuestas a las situaciones más complejas.

Cada vez más proyectos resaltan entre sus requisitos poseer “pensamiento crítico, analítico y creativo”, y pudiera parecer que, así como es fácil distinguir entre atletas y personas que realizan menor actividad física, existe una diferencia muy notoria entre un equipo con estas habilidades y uno que no.

El pensamiento, así como el cuerpo tiene músculos que deben ser ejercitados, por lo que, un uso inadecuado de lo que hoy llamamos avances, puede iniciar a atrofiar nuestras habilidades cognitivas esenciales.

“En la actualidad nos fiamos de Netflix para que nos recomiende películas y de Google Maps para que nos indique si giramos a la izquierda o a la derecha. Pero una vez que empecemos a contar con la inteligencia artificial para decidir qué estudiar, qué trabajar y con quién casarnos, la vida humana dejará de ser un drama de toma de decisiones. (Noah, 2018)

La digitalización nos ha facilitado todo, aplicaciones memorizan nuestros pendientes, al punto de disminuir el uso de la terrible pregunta, ¿olvidaste nuestro aniversario?

Compras online, ubicaciones en tiempo real, videoconferencias, apps de citas a la orden del día, evitándole la incertidumbre del cortejo a muchos, correcciones ortográficas instantáneas y traducciones perfectas que nos dan la sensación de ser expertos en todo con solo un click.  En consecuencia, muchas facilidades que tienen gran parte de nuestro cerebro en descanso.

Nos limitamos a dar por buena y válida cualquier información que se nos presente sin profundizar y formular nuestro criterio. En suma, ¿las máquinas pensarán todo por nosotros? O ¿habrá más gente encargada de pensar por el resto del mundo?

Adjunto a todos estos avances han surgido nuevos estímulos psicoafectivos, llegando a ser no negociables para la vitalidad de las relaciones, “me reaccionó a una historia”.  “Publicó una foto conmigo”.

En el peor de los casos enfrentamos nuestras crisis existenciales abriendo un hilo en Twitter y el filtro burbuja, producido por los algoritmos, nos ha hecho más intolerantes a opiniones distintas a la de nuestro entorno.

En áreas de la arquitectura y el interiorismo se tiene la creencia de que a la hora de organizar los espacios “menos es más” y esto ha sido muy bien absorbido por el mundo digital, “a menor credibilidad de la información, mayor alcance”.

El fin de este artículo no es quitarle méritos al extraordinario papel que juega la tecnología en nuestras vidas, al contrario, busca llevar a quien me honra con su lectura a reflexionar en las siguientes preguntas, ¿el uso que le doy a la tecnología me potencia o me estanca? ¿Me sirve para organizarme o consume mi tiempo?

Un uso consciente de lo digital nos permitirá construir puentes en donde solo había fronteras y poner la creatividad en marcha en donde solo había incertidumbre y rezago. ¡Cerebros a la obra!

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